¿Hay un movimiento de contrarreforma en la actualidad? Parte I
La Reforma Protestante del siglo XVI no fue un accidente histórico, ni el producto de la ambición personal de un monje alemán irascible. Fue, según la propia testimonia de la historia y las Escrituras, una obra providencial del Dios soberano para rescatar su evangelio de siglos de oscurecimiento sacramental y eclesiástico. Sin embargo, más de cinco siglos después de que Martín Lutero clavara sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del Castillo de Wittenberg, una pregunta perturbadora merece ser formulada con seriedad y sin evasión: ¿está siendo la Reforma revertida en nuestros días?
Esta no es una pregunta retórica ni alarmista. Es una pregunta pastoral, teológica e histórica de primera magnitud. Y la respuesta —como veremos a lo largo de estas dos entregas— tiene implicaciones profundas para toda congregación que pretenda ser fiel al evangelio apostólico y al legado de los reformadores.
La Reforma: sus logros doctrinales
Para comprender qué es lo que podría estarse perdiendo, debemos primero entender qué fue lo que se ganó. La Reforma Protestante no fue simplemente una revuelta eclesiástica ni un movimiento político disfrazado de piedad. Fue, en su esencia más profunda, un redescubrimiento del evangelio apostólico tal como fue proclamado por Pablo, Agustín y, antes que ellos, por el Señor Jesucristo mismo.
Los reformadores articularon su hallazgo mediante cinco principios que han llegado a conocerse como las Cinco Solas —cinco afirmaciones en latín que funcionan como columnas sobre las cuales descansa la arquitectura doctrinal de toda iglesia verdaderamente reformada:
Lutero, al descubrir en Romanos 1:17 que «el justo por la fe vivirá», no estaba proponiendo una novedad teológica. Estaba recuperando lo que el magisterio romano había enterrado bajo siglos de tradición acumulada, autoridad clerical usurpada y un sistema sacramental que ponía al ser humano en el centro del proceso salvífico. Calvino, Zwinglio, Bucero y los restantes reformadores desarrollaron estas intuiciones con rigor exegético y sistemático, produciendo una teología que honraba la soberanía absoluta de Dios en la salvación.
El impacto fue inconmensurable. En la eclesiología, se restableció la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, demoliendo la distinción clerical que convertía al sacerdote en mediador indispensable entre Dios y el hombre. En la soteriología, se recuperó la justificación por gracia mediante la fe sola —articulus stantis et cadentis ecclesiae, el artículo por el cual la iglesia se yergue o cae, según la célebre formulación de Lutero—. En la hermenéutica, se estableció el principio de que la Escritura interpreta la Escritura, y que el texto bíblico es la norma suprema e inapelable sobre toda tradición humana.
«La Escritura nunca ha fallado. Permanece para siempre. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.»
— Martín Lutero, Dieta de Worms, 1521
¿Qué es una contrarreforma?
El término «contrarreforma» tiene su origen histórico preciso en la respuesta del catolicismo romano al protestantismo, articulada principalmente a través del Concilio de Trento (1545–1563). Convocado bajo el pontificado de Pablo III y extendido durante dieciocho años bajo tres papas distintos, Trento no fue simplemente un concilio disciplinario. Fue una refutación doctrinal sistemática y deliberada de los principios reformadores.
El Concilio de Trento respondió a las Solas de la Reforma con una serie de decretos y cánones que establecían posiciones diametralmente opuestas. Frente a Sola Scriptura, Trento declaró que la Tradición de la Iglesia tenía igual autoridad que las Escrituras. Frente a Sola Fide, anatemizó explícitamente a quienes enseñaran que el hombre es justificado únicamente por la fe, sin las obras. Frente a Sola Gratia, afirmó la cooperación humana en el proceso de justificación mediante el libre albedrío y los méritos.
El Canon 9 del Decreto sobre la Justificación es particularmente revelador: «Si alguien dijere que el impío es justificado solo por la fe, de modo que entienda que no se requiere nada más que coopere para conseguir la gracia de la justificación, y que de ninguna manera es necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su propia voluntad: sea anatema.» Lo que Trento anatematizó fue precisamente el corazón del evangelio paulino tal como los reformadores lo habían redescubierto.
Una contrarreforma, en sentido amplio, es todo movimiento —consciente o inconsciente, organizado o difuso— que tiende a revertir los logros doctrinales de la Reforma y a reinstaurar una soteriología, eclesiología o hermenéutica incompatible con las Cinco Solas. Y esta definición nos abre los ojos a dinámicas contemporáneas que, con frecuencia, no son reconocidas por su nombre.
Señales de una nueva contrarreforma
El ecumenismo que sacrifica la doctrina por la unidad
Uno de los fenómenos más significativos de las últimas décadas en el mundo cristiano occidental es el auge de un ecumenismo que no toma la doctrina en serio. Bajo el lema aparentemente noble de «la unidad cristiana», se proponen alianzas estratégicas, declaraciones conjuntas y colaboraciones pastorales entre protestantes y católicos romanos que, para realizarse, requieren silenciar o diluir precisamente los puntos que la Reforma consideró fundamentales.
El problema no es el deseo de unidad —la Escritura ordena buscarla (Efesios 4:3)—. El problema es cuando se busca una unidad que no está fundada en la verdad. El Señor Jesucristo oró por la unidad de sus discípulos «en la verdad» (Juan 17:17–21). Una unidad alcanzada mediante la amputación de la verdad no es la unidad que Cristo pidió. Es una contrafacción de ella.
El movimiento de «regreso a Roma» entre evangélicos prominentes
Desde la década de 1990, un número significativo de teólogos, pastores y líderes evangélicos de perfil público han cruzado lo que popularmente se llama «el Tíber» —es decir, han convertido al catolicismo romano—. Figuras como Scott Hahn, Francis Beckwith, y otros han articulado sus razones con sofisticación filosófica y teológica, apelando a la tradición patrística, la autoridad magisterial y la riqueza litúrgica de Roma.
Estas conversiones han generado confusión en congregaciones evangélicas que carecen de suficiente formación histórica y doctrinal. Cuando una figura respetada abandona el protestantismo argumentando que la Iglesia Católica es «más apostólica», «más histórica» o «más sacramental», y cuando esa figura no es respondida con rigor sino recibida con curiosidad o admiración, algo grave está ocurriendo en la salud doctrinal del evangelicalismo.
La erosión del principio de Sola Scriptura
Quizás el síntoma más preocupante de una nueva contrarreforma es la creciente relativización de Sola Scriptura dentro de iglesias que históricamente se han llamado protestantes o evangélicas. Esto no ocurre siempre mediante negaciones explícitas del principio, sino más frecuentemente por el camino del silenciamiento práctico: se predica menos texto bíblico y más narrativa cultural; se interpreta la Escritura a través del prisma de la experiencia subjetiva; se apela a «lo que el Espíritu me mostró» como fuente de autoridad igual o superior a lo que las Escrituras enseñan claramente.
El apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo en sus últimas palabras registradas, advirtió: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16). Esta afirmación no es compatible con una hermenéutica que relativiza el texto bíblico o lo subordina a otras fuentes de autoridad.
El sacramentalismo que se infiltra en congregaciones protestantes
Existe una tendencia creciente —especialmente visible en ciertos movimientos de «alta iglesia» dentro del protestantismo— a otorgar a los sacramentos una eficacia ex opere operato que el Nuevo Testamento no les confiere. El bautismo se convierte en el vehículo de la regeneración, independientemente de la fe del receptor. La Cena del Señor deja de ser una conmemoración y acción de gracias para convertirse en algo que «hace» algo salvíficamente en quien participa.
Estas concepciones, que tienen paralelos evidentes con la teología tridentina, se infiltran con frecuencia en congregaciones que no han cultivado una comprensión robusta de la teología bíblica de los ordenanzas. La Confesión Bautista de Fe de 1689 —nuestro ancla doctrinal en IBRLV— es precisa y deliberada al respecto: el bautismo y la Cena del Señor son ordenanzas instituidas por Cristo para la iglesia, no sacramentos que confieren gracia automáticamente.
El peligro del evangelio sin doctrina
Hay una frase que se escucha con creciente frecuencia en los círculos evangélicos contemporáneos: «No me interesa la doctrina, me interesa Jesús.» Suena piadosa. Es, en realidad, peligrosa. Porque Jesús no puede ser conocido sino a través de la doctrina —es decir, a través de la enseñanza fiel de quién es Él, qué hizo, por qué lo hizo y qué implica eso para el ser humano pecador.
Un evangelio sin precisión doctrinal es un evangelio susceptible de toda clase de deformación. Fue precisamente la erosión doctrinal en las iglesias medievales lo que abrió la puerta a los errores soteriológicos que la Reforma tuvo que combatir con tanta intensidad. Cuando la distinción entre justificación y santificación se borra; cuando la imputación de la justicia de Cristo es reemplazada por una infusión gradual de gracia que depende de la cooperación humana; cuando el mérito de Cristo es suplementado por méritos humanos —nos encontramos ante un evangelio diferente, y por lo tanto, ante una maldición apostólica (Gálatas 1:8–9).
«Mantened la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús.»
— 2 Timoteo 1:13
Las confesiones de fe históricas —la Confesión de Westminster, los Cánones de Dort, la Confesión Bautista de 1689— no son documentos de nostalgia eclesiástica. Son anclas doctrinales forjadas con precisión exegética precisamente para que las generaciones subsiguientes no fueran arrastradas por «todo viento de doctrina» (Efesios 4:14). Una iglesia que abandona sus confesiones en nombre de la relevancia cultural está pavimentando el camino hacia la confusión doctrinal.
Conclusión: la herencia que es el evangelio mismo
La iglesia reformada bautista tiene una responsabilidad que no puede evadir: mantener viva la herencia de la Reforma. Y debe quedar claro que esta responsabilidad no surge de un sentimentalismo histórico ni de una nostalgia por el siglo XVI. Surge de algo mucho más urgente: el hecho de que la herencia de la Reforma es simplemente el evangelio bíblico.
Las Cinco Solas no son invenciones de Lutero o Calvino. Son el testimonio articulado de lo que Pablo predicó a los gálatas, lo que Juan proclamó en su evangelio, lo que los profetas anticiparon en el Antiguo Testamento. Defender la Reforma es defender el evangelio. Abandonar la Reforma es, en alguna medida, abandonar el evangelio.
En la Parte II de este análisis, examinaremos los movimientos teológicos contemporáneos específicos que representan amenazas concretas a este legado: la Declaración Conjunta sobre la Justificación de 1999, el documento «Evangelicals and Catholics Together», y el oscurecimiento de Sola Scriptura en denominaciones históricamente reformadas. También exploraremos la respuesta que la tradición reformada bautista ofrece a estos desafíos.
Porque la mejor defensa del evangelio no es la nostalgia ni la polémica vacía. Es la proclamación clara, fiel y apasionada de las buenas nuevas de Jesucristo: que Dios justifica al impío que cree, solo por gracia, solo mediante la fe, solo en Cristo, para gloria solo de Dios.