Juan el Bautista: el silencio que rompe el silencio
Cuando Juan apareció en el desierto de Judea proclamando un bautismo de arrepentimiento, no fue solo la aparición de un nuevo profeta. Fue el rompimiento de un silencio de cuatro siglos. La voz que clamaba en el desierto era la señal de que el tiempo prometido había llegado, y que el Mesías estaba a las puertas.
El silencio entre los testamentos
Desde las últimas palabras del profeta Malaquías hasta el anuncio del ángel a Zacarías, padre de Juan, transcurrieron aproximadamente cuatrocientos años. Para el pueblo de Israel, estos cuatro siglos fueron un período de silencio profético sin precedentes. Dios, que había hablado una y otra vez a sus padres por medio de los profetas (Hebreos 1:1), parecía haber guardado silencio.
Este período no fue, sin embargo, un tiempo vacío. Fue un tiempo de tensión, de expectativa y de sufrimiento. Israel había experimentado el dominio de los persas, los griegos bajo Alejandro Magno y sus sucesores, la breve independencia bajo los macabeos y, finalmente, la pesada mano del Imperio Romano. El pueblo esperaba la redención prometida, pero el cielo parecía cerrado.
El profeta Malaquías había cerrado el canon del Antiguo Testamento con una promesa y una advertencia: "He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible" (Malaquías 4:5). Esta promesa mantuvo viva la esperanza. Alguien vendría. Alguien prepararía el camino. Pero hasta que ese alguien llegara, el cielo permanecería en silencio.
Juan: el último profeta del Antiguo Pacto
Cuando Juan el Bautista apareció en el desierto de Judea, vestido de pelo de camello y comiendo langostas y miel silvestre, el pueblo de Israel reconoció de inmediato a un profeta. Más aún, reconoció al Elías prometido. El mismo Señor Jesús lo confirmó sin ambigüedad: "Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir" (Mateo 11:14).
Juan no era el Mesías, pero era el heraldo del Mesías. Era la voz que Isaías había profetizado siglos antes: "Voz que clama en el desierto: Preparad el camino de Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios" (Isaías 40:3). Y también cumplía la promesa de Malaquías: "He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí" (Malaquías 3:1).
En este sentido, Juan es una figura de transición absolutamente única en la historia de la redención. Es el último de los profetas del Antiguo Pacto, el punto de cierre de una larga línea de heraldos que apuntaron hacia Cristo. Al mismo tiempo, es el primero en señalar directamente a Cristo presente, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).
"Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él."
— Mateo 11:11
Esta declaración del Señor Jesús es profundamente significativa desde una perspectiva de teología del pacto. Juan es el más grande de los profetas del Antiguo Pacto precisamente porque es el más cercano al cumplimiento. Y sin embargo, estar en el reino del nuevo pacto en Cristo, como el más pequeño de los creyentes, es algo más grande que todo lo que Juan representaba bajo el antiguo orden.
El bautismo de Juan: un bautismo de arrepentimiento
El bautismo que Juan administraba era un bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados (Marcos 1:4). Hay que comprender correctamente lo que esto significaba. Juan no estaba instituyendo una nueva ordenanza de la iglesia. Estaba llamando al pueblo de Israel al arrepentimiento genuino en anticipación de la venida del Mesías.
Era, en esencia, un bautismo de transición. Su carácter era profético y preparatorio: preparar un pueblo para el Señor (Lucas 1:17). Los que respondían al llamado de Juan reconocían públicamente sus pecados y su necesidad de un Salvador que vendría a purificarlos completamente.
Esta distinción es crucial y el Nuevo Testamento la deja absolutamente clara. Cuando Pablo llegó a Éfeso y encontró unos discípulos, les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo al creer. Ellos respondieron: "Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo" (Hechos 19:2). Resultó que solo habían sido bautizados con el bautismo de Juan. Pablo les explicó entonces que el bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento que señalaba al que vendría después de él, es decir, a Jesucristo. Al oír esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús (Hechos 19:1-5).
Esta diferencia no es trivial. El bautismo cristiano, instituido por el mismo Señor Jesús como parte de la Gran Comisión (Mateo 28:19-20), es una ordenanza del Nuevo Pacto que presupone la obra consumada de Cristo en la cruz y la resurreción, y la recepción del Espíritu Santo. El bautismo de Juan anticipaba todo eso. El bautismo cristiano proclama que ya ocurrió.
El bautismo y la iglesia
La pregunta que surge naturalmente de todo esto es: ¿quién debe ser bautizado? Y esta pregunta nos lleva al corazón de uno de los debates más importantes en la historia del protestantismo: ¿qué constituye a la iglesia?
El ministerio de Juan el Bautista ofrece una enseñanza instructiva en este punto. Juan bautizó a quienes confesaban sus pecados (Mateo 3:6). No bautizó a sus hijos. No bautizó a quien no diera evidencia de arrepentimiento. De hecho, cuando los fariseos y saduceos vinieron a él con aparente interés, Juan los confrontó directamente y les exigió frutos de arrepentimiento genuino antes de recibir el bautismo (Mateo 3:7-8).
La posición bautista reformada
Desde la perspectiva bautista reformada, el bautismo es una ordenanza del Nuevo Pacto que debe administrarse únicamente a quienes profesan fe genuina en Cristo y dan evidencia creíble del nuevo nacimiento. Esta posición no es una innovación reciente ni una reacción caprichosa a la tradición. Tiene profundas raíces bíblicas y confesionales.
La Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689, en sus capítulos 28 y 29, articula esta posición con precisión y profundidad. El capítulo 29, titulado "Del Bautismo", declara en su primera sección que el bautismo es una ordenanza del Nuevo Testamento, instituida por Jesucristo, para ser para la persona que es bautizada una señal de su comunión con él, en su muerte y resurrección; de su injerto en él; de remisión de pecados; y de su entrega a Dios por medio de Jesucristo, para vivir y andar en novedad de vida.
La sección 2 del mismo capítulo es inequívoca al respecto: "Aquellos que efectivamente profesan arrepentimiento hacia Dios, fe en y obediencia a nuestro Señor Jesucristo, son los únicos sujetos apropiados de esta ordenanza."
"El bautismo por inmersión se administra únicamente a quienes profesan fe genuina y evidencian el nuevo nacimiento, no a infantes."
— Confesión Bautista de Londres 1689, Cap. 29
El argumento de la membresía regenerada es central a la eclesiología bautista reformada. La iglesia local debe estar compuesta, en su intención y práctica, únicamente por aquellos que han experimentado el nuevo nacimiento. Esto no significa que la iglesia sea perfecta o que no haya hipócritas en su seno. Significa que la norma de membresía y la práctica del bautismo deben reflejar el requisito bíblico de la regeneración como puerta de entrada a la iglesia del Nuevo Pacto.
En el Antiguo Pacto, la membresía del pueblo de Dios se marcaba mediante la circuncisión, que se administraba a los varones al octavo día de nacidos, incluyendo a los hijos de los esclavos (Génesis 17:12). Esto definía a una comunidad nacional y étnica que incluía a creyentes e incrédulos por igual. El Nuevo Pacto, sin embargo, opera sobre principios diferentes. Jeremías lo anunció: "No enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande" (Jeremías 31:34).
El bautismo del Nuevo Pacto, por lo tanto, no puede equipararse con la circuncisión del Antiguo Pacto como si cumpliera la misma función sociológica. El bautismo cristiano presupone fe; la circuncisión no. Administrar el bautismo a infantes que no pueden profesar fe es obscurecer esta diferencia fundamental entre los dos pactos.
Implicaciones para la iglesia hoy
El ejemplo de Juan el Bautista tiene implicaciones profundas y prácticas para la vida de la iglesia en el siglo XXI. Juan predicó el arrepentimiento antes del bautismo. Demandó frutos que fuesen dignos de arrepentimiento (Mateo 3:8). Se negó a bautizar a quienes no dieran evidencia de una transformación genuina. En esto, Juan no estaba siendo arrogante ni sectario. Estaba siendo fiel al propósito de su ministerio: preparar un pueblo listo para el Señor.
La iglesia contemporánea enfrenta una tentación constante: ampliar las puertas de la membresía para incluir a más personas, hacer el bautismo algo accesible y sin exigencias, convertir la congregación en una multitud sin distinción real entre creyentes y no creyentes. Esta tendencia, aunque a menudo bien intencionada, traiciona el modelo bíblico y produce iglesias que carecen de discipulado real, de responsabilidad genuina y de pureza doctrinal.
Predicar el arrepentimiento genuino
La práctica bautista confesional de examinar a los candidatos al bautismo antes de administrarlo no es una invención moderna ni una muestra de orgullo espiritual. Es una extensión del principio que Juan mismo practicó. Antes de bautizar, Juan exigía evidencia de arrepentimiento genuino. Antes de admitir a alguien a la membresía y al bautismo, la iglesia bíblica debe discernir con cuidado y amor si hay signos del nuevo nacimiento.
Esto protege al candidato también. Un bautismo sin fe genuina es un sello vacío sobre un corazón no regenerado. No salva. No es la señal de nada real. Puede incluso dar una falsa seguridad que adormezca la conciencia y aleje a la persona de la búsqueda genuina de Cristo.
La predicación del arrepentimiento, lejos de ser una nota disonante en la predicación evangélica, es una nota esencial del Evangelio mismo. Cristo comenzó su ministerio público con las mismas palabras que Juan: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mateo 4:17). El día de Pentecostés, Pedro predicó arrepentimiento como condición necesaria para el bautismo (Hechos 2:38). El arrepentimiento no es un añadido al Evangelio. Es parte integral del llamado a creer.
"Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo."
— Hechos 2:38
Conclusión: Juan apuntó a Cristo — nuestro bautismo también
Juan el Bautista entendió perfectamente su lugar en el drama redentor. Cuando sus discípulos le informaron que todos se iban a Jesús, Juan respondió con una de las declaraciones más hermosas de humildad y claridad teológica registradas en las Escrituras: "Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe" (Juan 3:30). El heraldo siempre señala más allá de sí mismo. El mensajero nunca es el mensaje.
Nuestro bautismo debe hacer lo mismo. No debe señalarnos a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestra tradición o a nuestra decisión. Debe señalar a Cristo: a su muerte y resurrección, a su obra perfecta y consumada, a su Espíritu que habitó en nosotros. El bautismo es una declaración pública de que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que hemos sido comprados por precio y somos de Cristo (1 Corintios 6:19-20).
El silencio de cuatrocientos años fue roto por la voz de Juan. Esa voz preparó el camino para la Palabra encarnada. De la misma manera, cada bautismo genuino en la iglesia de Cristo es una declaración pública de que el largo silencio del pecado y la muerte ha sido roto, de que el Mesías ha venido, de que el Espíritu ha dado vida, y de que el bautizado ahora camina en la novedad de vida que solo Cristo puede dar.
Que nuestras iglesias sean fieles en esto: predicar el arrepentimiento genuino, examinar con amor y diligencia a los candidatos al bautismo, y administrar esta ordenanza sagrada a quienes dan evidencia creíble del nuevo nacimiento. Así honramos el ejemplo de Juan. Así honramos a Cristo, a quien Juan señaló.